Las Guardianas del Conchalito posan juntas frente a un mural comunitario en La Paz, Baja California Sur.

Las Guardianas del Conchalito a la lejanía cercana

“Nos sembraron miedo, nos crecieron alas”, Vivir Quintana.

Las Guardianas del Estero El Conchalito son 12 mujeres que trabajan todos los días en defender espacios públicos bellos y autogestionados por la comunidad, restaurar manglares y la posibilidad de ser resilientes ante el cambio climático, y en cultivar ostiones para alimentar a las personas y también a los deseos de aprender. Doce mujeres mostrando evidencia clara para nutrir la esperanza y el sentido de posibilidad.

Escribo esta historia desde la humildad de haber podido presenciar de muy cerca sus duelos, sus celebraciones y su sororidad. Es un recuento desde una lejanía cercana. Una perspectiva sistémica y personal de la disrupción cultural que han representado, y de su capacidad transformadora, profundamente relevante ante retos como la desigualdad, el cambio climático y la inequidad de género.

La historia de las Guardianas del Conchalito empieza con una pregunta poderosa en un momento de triunfo, eso la marca desde el inicio. Era septiembre de 2017, el verano en La Paz se dejaba sentir con toda su intensidad. Un huracán se acercaba y una tortuga llegaba a desovar a las playas de El Manglito, algo que no había ocurrido en al menos 20 años. Ese día llegó la noticia: después de casi cinco años de una veda voluntaria de callo de hacha, se otorgaba una concesión de pesca a los pescadores agrupados en la Organización de Pescadores Rescatando la Ensenada (OPRE) para la pesca de 11 especies de moluscos bivalvos, incluyendo el valioso callo de hacha. 


Fotografía por RollitoDeGuayaba – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0 vía Wikipedia

Era un día para celebrar el esfuerzo de pescadores, acompañados por organizaciones y fundaciones, para lograr la restauración de una pesquería agotada que ahora regresaba a niveles que permitían su aprovechamiento, un negocio con base comunitaria. Y entonces, como lo describe Otto Scharmer en su desarrollo de la Teoría U, llegó la pregunta disruptiva, la grieta en el sistema: ¿Y nosotras? 

Es difícil hacer una invitación a la pausa cuando todo apunta a pisar el acelerador, es difícil llamar a la autocrítica cuando todo apunta a la celebración. Pero ellas lo hicieron. Ellas llamaron la atención a la tremenda inequidad que opacaba el triunfo de haber adquirido la concesión. Ellas no eran visibles, ellas no eran reconocidas, ellas no eran. 

La respuesta de los hombres de su cooperativa fue clara: podemos compensar su trabajo, pero solo por el equivalente a cinco salarios de hombre. Ellas eran 14. Aceptaron, porque en su mente no existía el escenario de dejar a una sola fuera. Y, así como tantas mujeres, tuvieron que trabajar igual que ellos por prácticamente un tercio de la paga. Las mujeres empezaron con todo en contra, menos una cosa: para ellas estaban ellas.

A partir de ese momento, Las Guardianas hicieron presencia permanente en el Estero El Conchalito. Sin mucho más que sus voces y su voluntad, contuvieron el problema de la extracción ilegal de callo de hacha. Y algo más empezó a suceder, una historia que involucra defensa del territorio, soluciones basadas en la naturaleza para enfrentar el cambio climático, autocuidado, responsabilidad, amor intergeneracional, colaboración y emprendimiento. Una verdadera transformación sistémica que surgió, en realidad, con pocos ingredientes: un acuerdo por el buen vivir, por la perseverancia, y un permiso para un sueño compartido.

Las de afuera y las de adentro: un acuerdo por el buen vivir

Muy al principio de la formación de su grupo, Las Guardianas, además de hacer vigilancia en El Conchalito, desconchaban hacha de la recién restaurada pesquería. En la planta procesadora no cabían todas dentro, así que se formaron dos equipos, las de afuera y las de adentro. Una mañana, doña Rosa se me acercó para compartirme su preocupación: “ya no se siente bonito, Liliana; estar juntas ya no se siente bonito, las de afuera se la pasan peleando con las de adentro, y si no nos tenemos a nosotras, entonces no tenemos nada y no se siente bonito, ayúdanos”. Después de haber logrado su incorporación a los trabajos de pesca, doña Rosa sabía que el único lujo que no podían darse era pelearse, ya que su valor era cuestionado y prácticamente pagaban por trabajar, de modo que no podían perder la unión y la belleza de estar felices y juntas. Y así comenzó la práctica que aún hoy mantienen: los problemas se hablan en círculos, “nos escuchamos, aguantamos el conflicto y nadie se mueve hasta que se solucione”.

“Vamos a estar aquí, vamos a venir todos los días, todos los días”: un acuerdo de perseverancia ante la tensión

Erradicar la extracción ilegal de callo de hacha se veía simplemente como algo imposible. Los hombres lo habían intentado sin éxito y con mucha frustración durante varios meses. Pero alguien sí sabía qué era exactamente lo que tenían que hacer, y era muy simple: “tenemos que venir al estero todos los días, todos los días”. La Chela fue clara, “todos los días es todos los días; a la hora que vienen ellos a llevarse el callo, aquí vamos a estar y les vamos a decir que ‘ya estuvo’”. Y así fue, las mujeres llegaban al estero a las cinco de la mañana, caminando se aproximaban a las zonas donde la extracción ocurría y a gritos demandaban que se detuvieran y se fueran. Se burlaron de ellas, les dijeron que se fueran a lavar trastes, que les mandaran a los maridos, nada las detuvo. La Chela las había convencido y estarían ahí todos los días, “todos los días”. Les tomó tres meses controlar el problema que nunca ha vuelto a aparecer. ¿Por qué? Porque no solo expulsaron a los hombres que estaban haciendo extracción ilegal, poco a poco empezaron a observar el lugar y a enamorarse de él, así como de su círculo, de sus sueños. Lo convirtieron con trabajo y presencia en una zona segura, limpia, restaurada y pública para los ciudadanos de La Paz. 

“Si sale una, salimos todas”: un acuerdo para un sueño compartido

Pronto en su historia Las Guardianas tomaron una decisión que marcó la cultura de su organización de manera indeleble. Cuando se dieron cuenta de que había varios frentes que cubrir en su jornada por la igualdad de género y la protección de los ecosistemas, Las Guardianas decidieron que en vez de que Martha, su Coordinadora General, asignará roles, cada una desde su condición, sus capacidades y sus sueños decidiría en qué quería involucrarse y comprometerse. No se trataba de elegir algo que ya supieran cómo hacer, sino de verdaderamente preguntarse qué querían hacer y, desde ahí, desarrollar las capacidades necesarias. Este enfoque, que puede parecer poco eficiente a primera vista, permitió que floreciera la responsabilidad en cada una, y al paso del tiempo aumentaron sus habilidades colectivas para convertirse en un equipo fuerte y capacitado en una variedad de tareas: buceo, educación ambiental, administración, restauración de manglares, campañas de limpieza, comunicación, instalación y manejo de viveros, denuncia ciudadana, relación con autoridades y con organizaciones de la sociedad civil y fundaciones, vocería y más. Todo lo necesario para afrontar los retos de la realidad actual, que consiguieron con libertad, responsabilidad y autodeterminación, mientras cada una hacía lo que ama, y lo hacía bien, porque “si sale una, salimos todas”, decían.

¿A qué me refiero cuando digo que Las Guardianas han transformado su sistema? 

Desde que estas mujeres llegaron al Conchalito a evitar la extracción ilegal de callo, el lugar ha pasado por una transformación que se ha extendido hasta el barrio que habitan, El Manglito. 


Foto: Costa Salvaje de Los Cabos vía Noro.mx

Lo primero fue limpiar el área y mantenerla limpia. Al visitar todos los días el estero, muy pronto se dieron cuenta de que muchas personas lo usaban para deshacerse de cascajo y basura. Las Guardianas comenzaron acciones de denuncia y de conciencia ambiental. Autoridades y ciudadanía al poco tiempo las identificaron y, en su mayoría, respondieron a su llamado de protección a la zona. El cambio escénico comenzó a ser evidente, el gobierno municipal las apoyó colocando piedras para impedir el acceso de vehículos al área. El estero volvió a ser visitado por mamás con sus hijos, corredores y personas en busca de un lugar limpio y seguro para disfrutar al aire libre. 

En estrecha colaboración con el equipo de mujeres de Costa Salvaje, Las Guardianas desarrollaron capacidades técnicas para favorecer la restauración del manglar. Monitoreando la floración y estudiando las características del deterioro determinaron dónde se podían cavar canales que restauraran la dinámica hídrica y, poco a poco, le devolvieran la vida al ecosistema dañado. Su legitimidad y reconocimiento público fue en aumento. El ejemplo estaba puesto: un grupo pequeño pero determinado, con los valores y la cultura correcta, fue capaz de incrementar la capacidad de resiliencia ante al cambio climático y de devolverle a la ciudadanía la posibilidad de gozar y de cuidar los espacios públicos. Nunca más invisibles.


Foto: Hoy BCSvía Noro.mx

En el barrio, Las Guardianas unidas con otras organizaciones —como BCSicletos— hicieron cumplir a las autoridades municipales su promesa de habilitar un parque comunitario. Cuando parecía que ya no iba a ocurrir, pusieron toda su legitimidad y respeto ganado con trabajo; cerraron calles de manera pacífica y alzaron la voz: el proyecto del parque se hizo realidad y hoy su barrio cuenta con un espacio de recreación para la niñez y la juventud. Gestionado por la comunidad, ahora es un lugar digno, seguro y limpio.

La responsabilidad transgeneracional se volvió muy pronto una prioridad para Las Guardianas. Además, haber incorporado a sus hijos, nietos y sobrinos al trabajo resultó una estrategia bella y poderosa. La convivencia con las juventudes fue amorosa, divertida y un hermoso espacio de reciprocidad. Ellas les enseñaron el camino para proteger al mar y a la comunidad, y sus familias las apoyaron y las reconocieron. Les prometieron seguir su ejemplo. 

Los proyectos fueron más que tareas y compromisos, lo que realmente se estableció fue un espacio de amor. Cultivar ostiones fue la actividad ideal para hablar de la pesca en el pasado y despertar la curiosidad en las juventudes de aprender a manejar una panga, a abrir un ostión. Los cultivos de ostión de Las Guardianas han sido un campo de aprendizaje, de observación de Ensenada, de sus corrientes y sus cambios a profundidad. Los ostiones han sido alimento para El Manglito y para los habitantes de La Paz. 

Recuerdo una tarde en Ensenada platicando con Martha, mientras su hijo llevaba al mío a sacar otro ostión. Nosotras los veíamos desde la panga: “¿Tú crees? Dicen que el cultivo de nuestro ostión no es rentable y yo pienso, ¿cuánto vale que el Manuel pueda trabajar con su mamá la Anita, en vez de andar en una fábrica de comida chatarra? ¿Cuánto vale que la Dayana, la nieta de doña Rosa que ahora es ingeniera en pesquerías, vaya a ser la encargada técnica de todo esto? ¿Cuánto vale que los estudiantes de la UABCS vengan aquí a hacer sus prácticas y conozcan su Ensenada? ‘Que no vamos a producir lo suficiente…’ y ¿quién les dijo que queremos producir en masa y mandar producto para que se lo coman en otros lugares? Queremos disfrutarlo nosotros, que se lo coma el barrio…y La Paz. Si su modelo, ese que dice que nuestro cultivo no es rentable, no considera todo ese valor, entonces el problema es su modelo, no nuestro cultivo”.

A la lejanía cercana pienso en lo que he aprendido de ellas y veo que la clave para construir resiliencia y capacidad de adaptación está en dotar a las comunidades costeras de los medios y espacios para que regeneren su cultura de restauración, que sean sus propias historias y metáforas las generadoras del centro vital de transformación, al cual se alineen los recursos del gobierno, del sector privado y de la sociedad civil organizada.

Así, por cada comunidad, por cada barrio, un centro vital de fuerza creativa que se conecte con otro y con otro para crear grandes redes de aprendizaje, apoyo e inspiración. La revolución necesaria, diría Peter Senge.

A mí me gusta pensar en la transformación sistémica —de la que son autoras Las Guardianas del Conchalito— a partir de los elementos que describe Senge en varios de sus libros: el contenedor, la visión compartida y la capacidad de generar energía creativa desde el reconocimiento de la distancia entre la realidad actual y la visión.

Desde el espacio de confianza, de vulnerabilidad y de posibilidad que crearon en un círculo en el estero, sentaron las bases culturales y de principios para luego orquestar acciones concretas, y lo hicieron de manera que, como dice doña Rosa, “se sintiera bonita”, porque la revolución necesaria es una revolución que se goza y se carcajea. Un contenedor para la restauración y para el buen vivir.

“Si sale una, salimos todas” es una razón para levantarse todas las mañanas, una potente visión compartida, un anhelo que congrega y alinea, y que cuando se junta con la determinación de plantarse ante la adversidad todos los días, “todos los días”, materializa perfectamente el principio de tensión creativa. 

A la lejanía cercana he aprendido a observarlas, a escucharlas y a respetar sus tiempos. Ellas me han correspondido con confianza para crear juntas. Hemos escrito nuestra propia manera de trabajar por la restauración y la protección de mares y costas, cada una desde nuestras capacidades y desde los anhelos propios, algunos compartidos. Las Guardianas del Conchalito: Martha, Claudia, Dany, Ana, Rosa, Adriana, Tita, Chely, Vero, Erika, Chela y Rosa son hoy referente y disrupción, pensamiento y ser sistémico puesto al servicio del bien común, amor por la belleza y por la risa, terquedad ante lo que se ve imposible. Son mis maestras. Sin haber nacido en este mar, ya lo siento mío, porque me enseñaron a amarlo, y con eso ya puedo protegerlo para que también me proteja.

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