Cauce del río Magdalena entre rocas y vegetación del bosque, con agua fluyendo a cielo abierto en el sur de la Ciudad de México.

Río Magdalena, el último río vivo de la Ciudad de México

En un rincón boscoso al surponiente de la Ciudad de México, dentro del caos de la metrópolis, aún fluye un río. Es una emoción que resiste entre las paredes verdes de un cañón, entre el canto sereno de los pájaros y las huellas de quienes, desde hace generaciones, han caminado a su lado. Se trata del río Magdalena, el último río vivo a cielo abierto en esta ciudad de concreto, que nos enseña sobre la importancia de la resiliencia. No es un río cualquiera, es uno que persiste a pesar del cambio, que se niega a ser entubado o convertido en drenaje. Uno que todavía canta.

El río Magdalena nace en el cerro de San Miguel, en el Bosque de la Sierra de las Cruces. Sus 28 kilómetros recorren Cuajimalpa, cruzan el Parque Nacional Los Dinamos de Magdalena Contreras, pasan por Álvaro Obregón y desembocan en Río Churubusco, Coyoacán. El río atraviesa ecosistemas templados que aún conservan una gran variedad de especies, tanto de flora como de fauna, y muchas son endémicas. Su cauce alimenta mantos freáticos vitales para una ciudad en constante sequía y afectada por la sobreexplotación del agua.

A pesar de su valor histórico y ecológico, este río ha sido víctima del olvido y la presión urbana. Conforme baja hacia la ciudad, el paisaje cambia: lo que en lo alto es bosque, al descender se vuelve concreto. En varios tramos, el agua desaparece debajo de calles y edificios, entubada como si estorbara. El río se convierte en residuo, se le niega el derecho de existir como un cuerpo vivo.

Sin embargo, el Magdalena no solo es agua, es historia. A su lado crecieron pueblos originarios como San Bernabé Ocotepec y Magdalena Atlitic, que aún mantienen sus fiestas patronales y sus prácticas agrícolas. El río ha sido parte de la cosmovisión de estos pueblos de origen nahua, parte de su vida cotidiana, de sus recorridos a pie y de sus cultivos y mercados.

Para estos pueblos, el río no solo es un recurso, es una manera de entender el territorio. Les ha dado de beber, también les ha enseñado a cuidar. Me imagino a los niños jugando en las orillas y enriqueciéndose con el parque de juegos natural. Ahora muchos ciudadanos ni saben que existe, poco a poco lo estamos deteriorando y ensuciando.

Las historias del río son también las memorias de lo que queda. Del avance inmobiliario, de los intentos por convertir el agua en mercancía, de lo que pudo haber sido pero no fue por el crecimiento urbano. Pero también son memorias de resistencia: un río pidiendo a gritos que lo escuchen.

Frente al evidente abandono institucional, han nacido varios colectivos ciudadanos que apoyan y trabajan en la defensa, conservación y recuperación del río Magdalena. Estos grupos —que cada vez son más fuertes— están formados por vecinos, organizaciones no gubernamentales y entidades que buscan proteger este recurso natural y cultural.

Desde hace más de diez años organizan limpiezas, campañas para reforestar el bosque, caminatas educativas y acciones legales para resguardar el río y sus bosques. La labor de estos colectivos revela algo más profundo: el cuidado comunitario como forma de resistencia y esperanza ante una ciudad que ha olvidado escuchar el camino del agua.

Gracias a estos esfuerzos de los colectivos, hoy es posible recorrer parte del cauce por el Sendero del río Magdalena, una ruta verde ubicada en el Parque Nacional Los Dinamos, que ofrece un respiro a quienes deseen escuchar algo más que el ruido urbano. El sonido de un río que aún existe. Él nos enseña a pensar en comunidad, a entender nuestro territorio como ciudadanos y a la vez organizarnos. Él es maestro, solo hay que saber escucharlo y entenderlo.

Hablar del Magdalena es hablar de nuestro futuro en una ciudad amenazada por la escasez de agua, el aumento de temperaturas y la pérdida de ecosistemas. Defender ríos como este no solo es una urgencia política sino también un deber moral; es una forma de defender la vida en todas sus formas.

Encuentro muchas contradicciones de la política hídrica de la ciudad: mientras se construyen megaproyectos para traer agua de otros estados o para almacenar en grandes tanques, los ríos locales son desatendidos o convertidos en drenaje. Por eso planteo estas preguntas: ¿Por qué no se protege lo que ya tenemos? ¿A quién le sirve una ciudad que decide enterrar y olvidar sus ríos?

El río Magdalena necesita que lo escuchemos, necesita espacio para respirar y, sobre todo, necesita que lo miremos no como un recurso o resto de la ciudad, sino como su pulso vital. Él sigue ahí. No como una reliquia, sino como una posibilidad. Como umbral entre lo que fuimos y lo que aún podemos ser; una ciudad que se reencuentra con su geografía viva. Este es un llamado a la acción a todos aquellos que quieran escuchar al río Magdalena. Sumémonos a estos colectivos y no permitamos que la indiferencia lo silencie para siempre.

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